Soberanía Económica

El país que no arranca: crear una empresa, hoy, es casi imposible

Local comercial cerrado con persiana baja y cartel de alquiler en el conurbano bonaerense.
Local comercial cerrado con persiana baja y cartel de alquiler en el conurbano bonaerense.

El local cerrado de la esquina tiene nombre y apellido

Marcela tiene 47 años y durante doce vendió ropa de mujer en un local de 40 metros cuadrados en Lanús. En marzo de este año bajó la persiana por última vez. No quebró de golpe: fue un goteo. Primero dejó de renovar mercadería. Después empezó a pagar el alquiler con la tarjeta. Después la tarjeta ya no alcanzó. "Yo no cerré porque no supe manejar el negocio", dice, con una calma que duele más que el enojo. "Cerré porque la gente no tiene plata para gastar."

El local de Marcela es uno de los miles que desaparecieron del mapa productivo argentino en el último año y medio. Y el dato que acaba de publicar El Eco lo confirma con números: la creación de empresas en Argentina registró sus niveles más bajos desde la crisis de 2002. Desde el colapso del uno a uno. Desde los cacerolazos y los cinco presidentes en una semana. Ese es el espejo en el que hoy nos miran.

2002: el piso que nadie quería volver a ver

Poner 2002 como referencia no es un recurso retórico. Es una brújula histórica que señala hasta dónde puede llegar el daño cuando se abandona al Estado como motor de la economía. Aquel año, la Argentina post-convertibilidad estaba en ruinas: desempleo arriba del 20%, pobreza superando el 50%, el sistema bancario bloqueado por el corralito. Nadie abría un negocio porque nadie tenía certeza de que al día siguiente iba a existir una moneda funcional.

Que hoy la creación de empresas haya vuelto a ese piso no es una casualidad estadística. Es el resultado lógico de una política económica que decidió, deliberadamente, enfriar la demanda interna como método de estabilización. Cuando la gente no consume, las empresas no venden. Cuando las empresas no venden, nadie invierte en abrir una nueva. El círculo vicioso no necesita ninguna conspiración para funcionar: se alimenta solo.

Lo que se destruye tarda años en reconstruirse

Hay algo que los discursos de la "libertad de mercado" no cuentan: el tejido productivo no es un grifo que se abre y se cierra. Una empresa que cierra arrastra consigo el conocimiento de sus trabajadores, las relaciones con proveedores, la clientela construida durante años, el crédito informal que sostenía la cadena. Nada de eso se recupera con un decreto de desregulación.

Las PyMEs representan más del 70% del empleo privado en Argentina, según datos históricos del Ministerio de Economía. Son el corazón del mercado interno. Cuando ese corazón late más lento —cuando se abren menos empresas que en plena debacle del 2001— la sangre no llega a los barrios, a los talleres, a los comedores que dependen del movimiento económico local.

El economista Eduardo Basualdo lo explicó con precisión quirúrgica: los ciclos de valorización financiera en Argentina siempre terminan destruyendo el aparato productivo. Lo que cambia es la velocidad. Esta vez, con tasas de interés que aplastaron el crédito productivo y una apertura importadora que compite de manera desleal con la industria nacional, la velocidad fue brutal.

El Estado ausente y el mercado que no aparece

El gobierno de Milei vendió la idea de que quitando al Estado del camino, el sector privado iba a florecer. Que la desregulación iba a liberar energías productivas reprimidas. Que los emprendedores iban a salir a crear riqueza en cuanto el Estado dejara de "asfixiarlos".

Los datos dicen otra cosa. Sin demanda, no hay emprendimiento que resista. Sin crédito accesible, no hay PyME que pueda financiar su capital de trabajo. Sin protección del mercado interno, el pequeño productor compite contra manufacturas importadas que llegan subsidiadas desde economías con otro nivel de escala. La "libertad" que predica el libertarismo resulta ser, en la práctica, libertad para los grandes capitales de hacer lo que quieran, y para los pequeños, libertad para quebrar sin que nadie los rescate.

Mientras tanto, los grandes grupos económicos concentrados —los que tienen espalda financiera para aguantar la tormenta— aprovechan la caída de competidores para consolidar posiciones de mercado. La concentración económica no es un efecto secundario del ajuste: es uno de sus resultados más previsibles y, para ciertos sectores, más convenientes.

Lo que Perón entendió y Milei ignora

Hubo un momento en la historia argentina en que la creación de empresas, la industrialización y el mercado interno fueron política de Estado. No porque el peronismo fuera "estatista" en el sentido peyorativo que le asignan sus críticos, sino porque se entendió algo elemental: en una economía periférica como la argentina, el Estado tiene que crear las condiciones para que el mercado interno funcione. Crédito barato, protección arancelaria, salarios que sostengan el consumo, obra pública que genere demanda. Eso no es "gasto": es inversión en el tejido que sostiene a los demás.

Kicillof lo repitió hasta el cansancio durante su gestión en el Ministerio de Economía: la demanda agregada no la crean los decretos de libertad, la crean los salarios reales, el empleo y el gasto público bien direccionado. Los números de hoy le dan la razón de la peor manera posible.

Marcela y el país que necesita volver a producir

Marcela no habla de macroeconomía. No cita a Keynes ni a Prebisch. Pero cuando dice que cerró porque "la gente no tiene plata para gastar", está describiendo con precisión de cirujana el colapso de la demanda interna que el ajuste provocó.

Su local vacío en Lanús es hoy una verdulería. El dueño nuevo —un joven de 24 años que llegó de Bolivia hace tres años— la tiene abierta de siete de la mañana a diez de la noche. "Algo siempre se vende", dice, encogiéndose de hombros. Pero incluso él reconoce que los clientes compran menos que antes. Que la bolsa se fue achicando.

Eso es lo que muestra el dato de 2002: no solo se abren menos empresas. Se achica la bolsa. Se encoge el país productivo. Y lo que se encoge, si no hay una política activa del Estado que lo revierta, no vuelve solo.

La pregunta que debería estar en el centro del debate público no es cuánto ajuste más soporta el déficit fiscal. Es cuánto ajuste más soporta el entramado productivo argentino antes de que el daño sea irreversible. Y si la respuesta la están dando los números de 2002, ya sabemos que el tiempo se acaba.

Relacionado: Soberanía alimentaria y salud pública: la disputa por lo que comemos — otra mirada sobre el mismo tema.

Fuentes citadas

  1. El Eco — Creación de empresas en mínimos desde 2002 — Fuente original de la noticia que dispara el análisis editorial.
  2. INDEC — Estadísticas de empresas y establecimientos — Fuente oficial para datos de altas y bajas de empresas en Argentina.
  3. Página/12 — Sección Economía — Cobertura de referencia sobre impacto del ajuste en el tejido productivo argentino.

Preguntas frecuentes

¿Por qué se compara la situación actual con la crisis de 2002?
Porque ese año representó el peor colapso económico de la historia argentina moderna, con desempleo récord y pobreza masiva. Que la creación de empresas haya vuelto a ese nivel mínimo indica que el daño al tejido productivo actual es comparable en magnitud al de aquella debacle.
¿Qué rol tienen las PyMEs en la economía argentina?
Las pequeñas y medianas empresas generan más del 70% del empleo privado en el país y son el principal motor del mercado interno. Su debilitamiento afecta directamente el consumo, el empleo y la capacidad de desarrollo económico de las regiones.
¿Por qué la desregulación no generó más inversión privada?
Porque sin demanda interna sostenida, sin crédito accesible y con competencia importada sin protección arancelaria, ningún emprendedor tiene incentivos reales para abrir un negocio. La desregulación sin contexto macroeconómico favorable solo beneficia a los grandes capitales con espalda para aguantar la tormenta.
¿Qué políticas alternativas propone la visión nacional-popular para revertir esto?
Crédito productivo a tasas accesibles, protección del mercado interno frente a importaciones desleales, recuperación del salario real para sostener el consumo, y gasto público orientado a generar demanda en sectores estratégicos. El Estado como articulador activo del desarrollo, no como obstáculo a remover.
¿Hay datos oficiales sobre el cierre de empresas en Argentina?
Los registros del INDEC y la Secretaría de Trabajo relevan altas y bajas de empresas. Los datos más recientes confirman la tendencia a la baja en la creación de nuevas firmas, especialmente en el segmento PyME, que es el más sensible a las variaciones del consumo interno y el crédito.